El duelo es único y personal como así también lo será su duración. El mejoramiento puede comenzar a sentirse dentro de los tres meses. Sin embargo, se estima que el proceso puede llevar alrededor de uno a dos años en donde el malestar emocional irá disminuyendo. Esto no significa que estarás absolutamente recuperado sino que te sentirás mejor aunque también tendrás momentos de melancolía y tristeza debido a fechas especiales que reactivan los recuerdos como el aniversario de su muerte, fiestas navideñas o cumpleaños. En este sentido, hay un conjunto de factores que pueden influir en la prolongación del duelo.

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RELACIÓN CON LA PERSONA FALLECIDA

Cuando muere un ser querido también se pierde un vínculo personal y afectivo con esta persona.

Las dificultades para aceptar la pérdida dependerán de la relevancia que tenía en su vida la persona fallecida. El grado de dependencia económica, la familiaridad con él, la presencia de otros tipos de pérdidas, sueños y esperanzas compartidas y los sentimientos de culpa respecto a los asuntos pendientes de la relación serán determinantes en la definición de este vínculo. Esta relación con el difunto puede ser de respeto y afecto mutuo o bien en un contexto de conflictos. En el primer caso, el doliente sentirá que esta muerte lo ha privado de una relación positiva en su vida en donde podía crecer y sentirse a gusto trayendo angustia, soledad e inseguridad. Sin embargo, cuando esta muerte cierra una relación conflictiva este duelo remarca los aspectos negativos de la relación lamentando el tiempo destinado a ella y generando sentimientos de culpa y frustración que pueden llevar a una complicación del duelo.

TIPO DE MUERTE DEL SER QUERIDO

El tipo de muerte que ha causado la pérdida del ser querido influirá en el proceso de duelo así como en su intensidad y duración.

Una muerte esperada producto de una enfermedad crónica o terminal nos brinda un tiempo prudencial para aceptar esta trágica noticia y reencontrarnos con este ser querido bajo un nuevo contexto en donde se busca resolver los asuntos pendientes para así despedirse de él. Esto no significa que disminuya el dolor que va a experimentar luego de la muerte sino que existirá un contexto de preparación gradual para afrontar la pérdida.

A diferencia de esta muerte, las pérdidas repentinas o inesperadas generan en el doliente un gran shock y confusión que se ve agravado por la falta de tiempo para despedirse de su ser querido. Las últimas palabras no dichas, los abrazos o besos no dados generan en el doliente una gran frustración y dolor. Surgen preguntas e hipótesis entorno a cómo fue esta muerte y qué podrías haber hecho para evitarla. En este caso, la ira y la culpa toman un rol protagónico mientras que el mundo se vuelve inseguro ya que de un instante a otro la vida los ha hecho enfrentar no sólo a la muerte de su ser querido sino también a los cambios producidos por esta pérdida.

 

RECURSOS PERSONALES PARA AFRONTAR EL DOLOR

Las personas reaccionan de manera distinta frente a una misma pérdida. En este sentido, la personalidad del doliente será determinante en este proceso.

A algunas personas la muerte de su ser querido puede paralizarlas mientras que otros no se dejan abrumar por el dolor y lo observan como un proceso de crecimiento personal. En estas distintas perspectivas influirán la edad, el sexo, la personalidad, el autoestima, la visión de la vida y de la muerte, la capacidad para afrontar las adversidades y buscar apoyo emocional, entre otros factores. Cuanto más extrovertida sea la persona, mayor facilidad tendrá para identificar y expresar sus emociones permitiendo una sana curación mientras que los dolientes introvertidos pueden obstaculizar esta elaboración debido a sus dificultades para expresar lo que les sucede en relación a esta pérdida. Un grado alto de confianza en tí mismo evita elaborar pensamientos autodestructivos que dificulten aún más esta recuperación.

CONTENCIÓN SOCIAL Y FAMILIAR

El apoyo social incluye no sólo a los familiares del doliente sino también a los amigos y vecinos que puedan brindar asistencia física, psicológica y económica.

El duelo es un proceso emocional que requiere de la contención familiar para colaborar en su pronta mejora. En primer lugar, la familia es el contexto inmediato en donde el doliente atraviesa este proceso de adaptación. Un sistema de comunicación abierto facilita los espacios para compartir los sentimientos vinculados a esta pérdida. Las posibilidades de hablar y ser escuchado brindan un apoyo seguro que permitirá el intercambio de miradas y la curación progresiva. Cuando no se expresan las emociones nuestro cuerpo comienza a demostrar síntomas como insomnio, pérdida de apetito, irritabilidad y depresión.

Por otro lado, encontramos redes de apoyo social como los grupos de ayuda mutua en los que semanalmente los dolientes se reúnen para contar su experiencia y sentimientos en relación a esta muerte. Es usual que durante los primeros meses el doliente exprese su preocupación de estar volviéndose “loco” debido a la montaña rusa de emociones que lo embarga. Estos grupos ofrecen un espacio propicio para poder tomar las riendas del duelo, transitar por él y reconstruir un nuevo vínculo con la persona fallecida en un contexto de escucha y respeto mutuo.